Mientras la luna sucumbía
ante la luz del día soleado,
yo me derramaba en mi agotamiento
y el hambre me amargaba.
Intente buscar alimento
en cada despensa,
y en cada tienda que
me alcanzara lo que gano
día a día trabajando.
Mas aunque me agolpara
de panes y otros bocadillos,
y me bebiera hasta la ultima gota
del alcohol hallado,
no saciaba yo mi sed.
Atragantado con mis penas,
me deshice de mi mismo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El cielo nocturno se fue por fin,
y la tormenta tuvo que huir por
la izquierda.
Llego la mano redentora
hasta mi lugar,
y con entendimiento
me levanto de mi deshonra.
Me abrazo en un amor
que no puedo aun hoy explicar.
En sus manos puedo admitir
que el hambre fue desapareciendo,
y allí hallé el pan de la verdad.
Ese alimento
que no se acaba,
y que sacia hasta la mayor
ansiedad imaginable.
Hoy estoy mirando un
cielo claro y perfecto,
Decorado con los reflejos
de su gran amor y pasión.
Pues en cada detalle
aquel Señor es magistral.
No dejara pasar ni un
solo dolor ni queja.
A cada uno de ellos
atacara con su perdón
inagotable.
Esto es realidad no solo para mi.
Mi hermano, aquel perdón puede
llegar hasta tu puerta y darte
algo que no podrás jamas
comparar.
Cuando quieras, puedes recibirlo.
Él te esperará.
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